miércoles, 20 de febrero de 2013

Malvinas nos sigue dando lecciones: cuesta entender (nos)

POR FEDERICO LORENZ HISTORIADOR (IDES-CONICET)

Debería poder conciliarse el reconocimiento de la existencia de los isleños con la reivindicación de nuestra soberanía sobre las islas.

20/02/13 – Clarin

Casi al final de la guerra de Malvinas, el 11 de junio de 1982, el bombardeo británico mató a tres isleñas: Sue Bonner, Doreen Bonner y Mary Goodwin. Los testigos recuerdan la confusión de un oficial argentino que llegó a ayudar a los sobrevivientes: “Primero tomamos su casa, y ahora los matamos”, dijo entre las ruinas. Esas personas no hubieran muerto de no haberse producido el desembarco argentino del 2 abril y la respuesta británica.

Alguien podrá decir que “si los británicos no estuvieran donde no les corresponde, no hubiera habido guerra”. Pero no es ese el punto. Detengámosnos en esas tres mujeres: no deberían haber muerto así, como tampoco 649 argentinos y 255 británicos, ni todos los muertos de posguerra.

Nos reconocemos con justo orgullo como una nación que revisa y juzga su pasado y condena la violencia. Pero cuando se trata de Malvinas no hay autocríticas sobre la guerra: a lo sumo, esquivar la responsabilidad social y estatal diciendo que fue un gobierno ilegítimo el que la decidió.

Hoy sabemos que en ninguna dictadura los jerarcas están solos. En una guerra tampoco, y mucho menos en la de 1982. Por estos días las aguas de la disputa por Malvinas están agitadas por el próximo referéndum que se realizará en las islas. La posición oficial argentina, avalada por las resoluciones de la ONU, es que los “intereses” de los isleños serán respetados en cualquier negociación, pero no sus “deseos”: son ciudadanos británicos, y el argumento de la autodeterminación, que es el que esgrimen, no es válido. En función de esto, hace pocos días, el canciller argentino afirmó que “los ‘falklanders’ no existen; existen los ciudadanos británicos en las Malvinas”.

El problema es que más allá del punto de vista legal, es con la realidad, siempre más compleja, con la que debemos lidiar, y no con las representaciones que nos hacemos de ella. No pretendo cuestionar la legitimidad del reclamo argentino, sino, por el contrario, aportar para que sea coherente con otros espacios en los que hemos crecido como una sociedad democrática al hacernos responsables de nuestro pasado.

Imaginemos que somos un isleño de los que votarán próximamente.

La política argentina ha sido inconstante hacia quienes nacieron en las islas. Pasó de facilitarles las comunicaciones y mejorarles la vida cotidiana en múltiples aspectos a atacarlos en 1982. El retroceso que la guerra causó a lo que Argentina había logrado construir con los isleños y el daño a los avances diplomáticos alcanzados hasta 1982, aún no han sido reparados. Las cambiantes actitudes posteriores, de la “seducción” a una retórica de confrontación que se alterna con gestos de amistad, tampoco ayudan.

En relación con Malvinas somos, como escribió Ítalo Calvino, un país “donde se verifican siempre las causas y nunca los efectos”.

Estamos atados a imágenes de las islas que nos impiden resolver el conflicto asumiendo cambios de contexto de los que, como en la guerra, hemos sido responsables.

Recuerdo mi primera visita a Malvinas en 2007. Me sorprendí de ver gente allí. “Sabía” que las islas están habitadas. Pero por mi educación y por ser parte de mi sociedad, no tenía ese dato “incorporado”. Tal vez valga la pena repensar los términos de la discusión, a partir de hacernos cargo de nuestra historia, la antigua y la cercana. Por supuesto que siempre es más fácil decir que los isleños no existen. Pero de esas frases también sabemos los argentinos, y no deberíamos repetirlas.

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